El valor añadido

Hace años, cuando era una estudiante en los primeros cursos de la Universidad, uno de mis ahora más queridos profesores de la Facultad, de esos con traje, chaleco y corbata con diseños imposibles, de los que utilizan reloj de bolsillo y portatizas, nos encargó realizar un trabajo de investigación sobre un hecho periodístico relevante ocurrido a principios del siglo XX. Recibí esta tarea con ganas e ilusión y sin perder un minuto me puse manos a la obra.  

Fueron unos días en los que los viajes a bibliotecas y hemerotecas de la ciudad eran interminables, llegaba a casa con las manos llenas de tinta y el cuaderno cargado de notas en las que procuraba que no faltase ningún detalle del tema que había elegido.

Redacté el trabajo de manera rigurosa, cuidando cada detalle procurando que todo fuera correcto y veraz. Llegó el día de entregar el trabajo y yo, orgullosa que lo que había hecho, lo deje sobre la mesa de mi profesor convencida de que mi meticulosidad sería recompensada.

Pasadas unas semanas salieron las notas y la mía no era muy boyante, no era mala, pero no reflejaba todo lo que me había esforzado. No entendía nada. Me dirigí al despacho del profesor dispuesta a rebatir mi nota convencida de que mi trabajo merecía mucho más. Al llegar allí mi profesor sonrió y me dijo: “Si tu trabajo fuese una corbata, me gustaría, tocaría su tejido al llegar a la tienda e incluso puede que me la probase. Pero puedo asegurarte que no la compraría”. Yo, con cara de incredulidad esperaba impaciente la resolución de aquella metáfora. Finalmente mi profesor me explicó que aunque mi trabajo era correcto, le faltaba algo, ese detalle que le hiciera destacar por encima del resto, me había faltado “el valor añadido”.

Con esta historia quiero transmitir la importancia de imprimir valor a nuestros productos y servicios. Ser buenos en nuestro sector es imprescindible para conseguir la fidelidad de nuestros clientes, pero en ocasiones no es suficiente.

Es necesario ofrecer algo más a los clientes para que nos elijan a nosotros y no a la competencia, podemos diferenciarnos en el trato con el público, en ofrecer algún servicio extra, poner a su disposición algún tipo de asesoramiento especial… En definitiva “engrandecer” nuestros productos y servicios para destacar por encima de nuestros competidores y conseguir que el cliente nos elija a nosotros porque le aportamos algo más de lo que aparentemente vendemos.

Debemos localizar en qué somos diferentes a los demás, potenciarlo y añadirlo a nuestros productos o servicios, para que de esta manera seamos los elegidos y consigamos así que nuestro público no solo se pruebe nuestra corbata sino que también se la lleve a casa.

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