Respetar, ser respetado, tener autoridad, ser autoritario… ¿Qué tal llevas eso? Hoy te quiero contar uno de los muchísimos aprendizajes que me llevé de mi mentora, Joaquina Fernández. 

En las sesiones que tenía con Joaquina, ella apuntaba todo en un cuaderno y al salir, te daba una fotocopia con todo lo que se había visto. A mí me costaba mucho entender su letra pero leí con claridad que escribió: “No reconoce la autoridad, problemas con los límites”.

Me quedé con eso en la cabeza y a los días le pregunté. Y entonces me llevé uno de los mayores aprendizajes de mi vida: Reconocer los límites y la autoridad es la base de la confianza.

Los límites

Como profesionales tenemos que afrontar retos y dificultades. A veces conseguimos lo que nos proponemos y otras veces, demasiadas, no. Por ejemplo cuando hablas en público o diriges a tu equipo. Y yo no lo sabía, pero aquí la autoridad de tu comunicación es esencial. 

Pero, ¿qué ocurre? Que cuando no has aprendido a reconocer la autoridad en alguien (padres, profesores, profesionales, etc.) es difícil que la respetes. Y lo peor no es eso. Lo peor es que cuando necesito utilizar mi autoridad no puedo hacerlo porque no sé reconocerla. Entonces cedo mi poder a otras personas con más poder que yo. Parejas, jefes, compañeros de trabajo e incluso empleados.

¿Qué pasa cuando caes en una relación de debilidad? 

Lo que ocurrirá es que lo vas a pasar mal y vas a perder el poder de comunicarte de forma segura, honesta y efectiva. Esto es muy peligroso porque solemos caer en la trampa de volvernos autoritarios. Es decir, me convierto en un tirano porque nadie respeta mi autoridad, empezando por mí. 

Cuando llegamos a ese punto lo único que conseguimos es crear relaciones conflictivas. Porque confundimos tener autoridad con ser autoritarios.

Yo lo veo en los equipos de trabajo. Seguro que te suena: Miembros de un equipo que pasan las directrices del “líder” o que las cumplen a desgana. O al revés, un “líder” que se pasa por el forro a su gente, que no escucha y que allí mandan sus cojones. 

Al final, por un lado y por el otro, la casa sin barrer. Y eso influye en que los proyectos acaben reventando. O peor aún, que se queden así para siempre. 

Lo curioso de esto es que cuando hablas con los implicados por separado, te das cuenta de que no son tan malos. Al menos la mayoría. 

Simplemente son personas que pensaron que hacerlo así era lo mejor. Y cuando entienden esto ven que pueden comunicar con más confianza, más claridad y más empatía. Así que esta lección que me ha costado aprender es fundamental para mí. 

Si aprendo a reconocer la autoridad de los demás, cuando necesite sacar la mía, sabré cómo hacerlo y lo haré con confianza, con seguridad y con respeto por la otra persona. 

Porque vuelvo a insistir, tener autoridad no significa ser autoritario

Espero que este artículo te haya sido útil. 

Curro Trujillo

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