Estas primeras palabras que usted lee en este artículo son la razón por la que  terminará de hacerlo o no. La teoría de la comunicación y la historia de la literatura me lo han enseñado, no es que yo haya sido así de original. He intentado respetarlo desde que me ofrecieron esta estupenda posibilidad, pero con El elemento de Ken Robinson (Editorial Debolsillo en su edición primera en español) el momento epifánico que me dice cómo debo comenzar,  se hacía cada día más esquivo sin recurrir a experiencias personales, algo que también trataba siempre de evitar. Así que decidí seguir una de las muchas consignas utilísimas que el amigo Ken (voy a llamarlo ya así, después de tantos días juntos y tantos momentos en que he querido asesinarlo…. Denme tiempo y se lo explico) me ha sugerido: “La creatividad va un paso más allá de la imaginación porque exige que hagas algo en vez de estar tumbado pensando en ello”.

   Y es que El elemento es un diálogo constante con el autor, un diálogo real, en el que uno tiene la sensación de que Robinson te habla directamente. El lector siente profundamente no ser un oyente para poder robarle la palabra al autor, para rebatirle unas veces o para aplaudirle otras. Robinson, que  es un estupendo conferenciante, maneja con brillantez los mecanismos del lenguaje que sirven para establecer una comunicación fluida con su lector y es difícil terminar esta obra sin haber aprendido, absorbido algo de su concepción del mundo que para él gira alrededor de esa palabra que ya he entrecomillado anteriormente “creatividad”.

    La excusa para “creativizar” (perdónenme el “palabro”) el mundo la encuentra en las experiencias reales de grandes artistas de todos los campos (música, danza, interpretación, etc.), científicos, dibujantes, economistas que descubrieron que solo amando lo que se hace, se hace bien y, permítanme que añada, que solo haciendo bien lo que uno hace, termina amándolo. Personas muy conocidas por el gran público, desde la actriz Meg Ryan, pasando por el dibujante de Los Simpsons, uno de cuyos capítulos podría haber utilizado para comenzar este artículo. Nadie duda de la explosión de creatividad que se esconde en cada segundo de sus narraciones.

  

Para Robinson ser creativo debería inundar cada momento de nuestra vida, porque no consiste en ser un gran artista, sino en encontrar el modo de que todo lo que hagamos resulte apasionante. Ser creativo se aplica al arte de forma general, sin embargo,  si siguiéramos las consignas de El elemento hasta hacer la compra se podría convertir en un arte. Pero no se preocupe si alguna vez ha pensado que no es usted lo suficientemente creativo con su vida y su profesión porque siempre puede hacer lo que hace nuestro autor: echarle la culpa al sistema educativo, según su punto de vista el causante de gran parte de los males de las vidas ejemplares que nos muestra a lo largo del libro. Como integrante de la comunidad educativa, estoy en parte de acuerdo, pero no puedo dejar de sentir cierto dolor (sin exagerarlo en absoluto) cuando pienso que se obvian algunas de las cuestiones menos vendibles del camino hacia El elemento. Porque en este sistema están juntos aquel que encuentra apasionante el recorrido que efectúa la comida en nuestro cuerpo hasta convertirse en desechos y aquel que no tiene ningún interés ni en reconocer que el hecho de que el corazón lata tantas veces por minuto es algo absolutamente apasionante.  

   Ken Robinson es Doctor por la Universidad de Londres, experto en asuntos relacionados con la educación, la gestión de los recursos humanos y la innovación. Gracias a su efectividad en estos campos y la influencia que ha tenido en la conformación del nuevo currículo escolar en su país (Reino Unido) ha sido nombrado Sir por la Reina Isabel II.

Por: Raquel Torres Lumbreras

                                 

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