Como ya somos amigos, sabrán que mi serie preferida es Friends. La he mencionado por aquí alguna vez. Pero sucede que cada día estoy más convencida de que esconde grandes lecciones de sabiduría; verán: la alternativa, extrañamente feliz, vegetariana y un tanto hippie trasnochada Phoebe, es una caja de sorpresas que se ocupa en múltiples actividades, propias de una persona inasequible al desaliento, como se dice en los círculos cultos. Una de sus habilidades más conocidas es que toca la guitarra. Así se ha ganado la vida a veces,  e incluso compone su propia música. Una vez, una gran compañía quiso comprársela y eso daría para otro artículo económico, pero será otro día.

    El caso es que en uno de los capítulos, Joey, otro de los personajes, estereotipo de aquel que no brilla excepcionalmente por su capacidad intelectual (porque listo es un rato, cuando quiere) tiene un propósito de año nuevo: “aprender a tocar la guitarra”. Por supuesto, la amable amiga se ofrece a enseñar y así todo queda en casa. Hasta aquí todo perfecto, pero la primera norma de Phoebe a Joey es que no debe tocar (literalmente) una guitarra con sus manos hasta que no esté preparado para ello, momento que ella le indicará. Joey desespera porque quiere tocar la guitarra ya, sonar como Eric Clapton el primer día…. Ante su insistencia, Phoebe accede a que “toque” una guitarra y Joey, feliz como una perdiz, hace que la guitarra acabe por los suelos….

   Sé que me he excedido con la anécdota, pero si hay una lección que he aprendido con Padre rico, Padre pobre de Robert T. Kiyosaki, es que debes aprender de dinero mucho antes de tocar el dinero. En mi caso, voy un poquito tarde, aunque en algo  coincidimos el autor de este libro y yo: nunca se acaba de aprender.

   Padre rico, padre pobre se publicó por primera vez hace más de 20 años, en  1997 y muchos de los nombres que cita han sido objeto hoy de grandes quiebras financieras de las que se han rehecho, demostrando otra de las premisas del autor: solo se aprende cuando fallas. Se trata de una obra sencilla, sin grandes alharacas descriptivas, literarias, ni siquiera técnicas… sin embargo, su autor ha conseguido una fama mundial y hasta tiene una horda de odiadores que cuestionan todo lo que se dice en el libro comenzando por el título.

    Robert T. Kiyoshaki nos habla de un padre rico que tenía y de, curiosamente, otro padre, no podemos decir pobre, pero al menos no rico borrico… Esta ha sido una de las grandes críticas que ha recibido: “estos dos padres del autor son falsos”… ¿y qué si son falsos? Leyendo el libro en clave real o metafórica, como las fábulas de la cigarra y la hormiga, Kiyosaki trata de convencernos de que lo único que tenemos en la vida es nuestra inteligencia y nuestra capacidad para moldearla con aprendizajes que no nos obliguen a seguir las consignas solo porque otro las repite. La obra es una descarnada (lo digo por la forma en que lo defiende, sin ambages, sin pudor, valientemente) defensa de la libertad individual a la hora de manejar nuestro dinero y de hacerlo crecer, por encima de impuestos, ahorros y bancos. Nos conmina a no preocuparnos sólo de nuestro trabajo, sino de nuestro negocio que es hacer que el dinero trabaje para nosotros y no al revés, para ello debemos deshacernos de ideas como “lo primero es pagar las deudas” o “ser inversionista es demasiado arriesgado para mí”.

   La lectura de este libro ha significado un “antes y un después” para las personas que lo han puesto en práctica, quizá lo más complejo de todo lo que dice, pero desde luego la pregunta que una se hace después de terminar el libro es “¿Quién dijo miedo?”

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